Cinco minutos más. Mañana me pondré el despertador diez minutos antes para tener más tiempo de meditación prematinal... ese dar vueltas y vueltas comprobando que las arrugas de las sábanas permanecen en el mismo lugar.
De repente... me levanto. Me levanto y algo me sorprende. Aparto la cortina para comprobar que este ambiente sombrío es porque hoy ha amanecido nublado.
Me asomo a la ventana, aún sin peinar y con un ojo entreabierto, y me cercioro del escenario exterior. Abro mis ojos desorbitadamente, todavía con una visión un tanto borrosa.
Nada es igual que ayer. En este momento estoy sumergida dentro de una de esas películas en blanco y negro... sin embargo, el contexto es el mismo con algunas permutas.
Me fijo en los hombres que pasan... todos llevan bastón y bombín. Observo a las mujeres de mediana edad que desfilan por la vía... ninguna de ellas sin falda de tubo por las rodillas, zapatos de tacón y pamelas.
Parece como si un tratado internacional hubiese acordado la necesidad de cubrir las cabezas, por miedo a que se escapen los entendimientos.
Mi cabeza sin cubrir... y sin peinar. Quizá mis entendimientos han huido esta noche en un descuido. Empieza a no importarme.
Es hora de vestirme... dejaré que mi vida siga su curso dentro de esta producción a modo Gilda. No tardo en ataviarme, ya que en una película en blanco y negro no existe la preocupación de conjuntar y combinar elementos.
Me paro delante del espejo y compruebo que puedo borrar el reflejo con una goma Milán. Una vez acabo, barro los múltiples restos de goma que han quedado extendidos por el suelo.
Antes de cruzar la frontera de mi hogar con el mundo real, tengo por costumbre ponerme a bailar sin pensar en nada. Mi cadena musical es hoy un gramófono brillante con un disco de vinilo... suena la música de Edith Plaff... “La vie en gris”. Me resulta aburrido, hoy sí, me resulta aburrido.
Pretendo tomarme un café, pero en mi cocina no distingo unos líquidos de otros... todos poseen la misma tonalidad. A causa del resfriado, el olfato me traiciona y no me proporciona pista alguna. Da igual... haré mímica con la primera taza que encuentre, simulando que he realizado el acto del desayuno, fingiendo que este croissant no sabe a cemento.
Bajo las escaleras de caracol que me llevan hasta la portería y salgo a la calle. Los niños, con gorras de paño, juegan como si el día de hoy fuera radiante... miro al cielo y lo sigo viendo gris, nublado, lánguido...
Me detengo en una esquina y me percato de que hay una pareja de ancianos bailando un tango... creo que llevan ahí toda la vida, en pleno movimiento, siguiendo el ritmo, entrecruzando sus piernas y con las manos adheridas.
Cuando me dispongo a seguir caminando, doy pasos de espaldas para no dejar de observar cómo danzan y le piso sin querer la cola a un gato negro. Tras maullar, me dice “Mira por dónde vas”, con aire soberbio. El primer gato que me habla y lo hace de un modo despectivo.
Empiezo a sentirme pequeña. Los edificios crecen y crecen hasta llegar a hacerle cosquillas a las nubes. Los automóviles no se detienen, pues nadie sabe cuándo están en rojo los semáforos.
Me meto en un callejón y camino hasta la vía principal. Observo y... ¡sorpresa! no hay nadie. Silencio. Containers hasta los topes. Silencio. Persianas bajadas. Silencio. Carteles de “Cerrado por descanso del personal”. Silencio. Un micrófono conectado a un amplificador en mitad del asfalto. Silencio.
Me aproximo hacia al medio de la carretera, mirando a derecha y a izquierda... reflejo inconsciente. Puedo cruzar sosegadamente. Me agacho y cojo con la mano zurda el micrófono. Estoy dispuesta a romper el silencio. Estoy dispuesta a hacer que las ondas sonoras de mi voz se cuelen por los rincones.
Temblándome el pulso, aproximo el aparato a mi boca, de modo que sólo aparece un primer plano de mis labios frente a la estructura esférica . Miro de reojo a un lado y a otro por miedo a ser descubierta en situación .
Cierro los ojos y grito. Grito como nunca lo había hecho. Cuando dejo de hacerlo, abro los ojos y compruebo que el sonido está viajando. Percibo el eco.
Vislumbrando la prolongación de la calle, me quedo anonadada y con la boca abierta. Distingo, a lo lejos, un fuerte vendaval que se dirige hacia mí de manera vertiginosa... a gran velocidad... levantando a su paso papeleras y papeles, arrancando bancos del suelo, girando las señales de tránsito... cada vez está más cerca... no sé qué hacer.
Me quedo en el mismo sitio en el que estoy, me levanto y me enfrento al fuerte temporal. No pienso dejar que a mí también me lleve por delante.
Al llegar a mi altura, la fuerza del viento ciclónico no me afecta, sólo afecta a todo aquello cuanto me rodea. Va extirpando lo que encuentra por delante, llevándose consigo el blanco y negro, devolviéndole a las cosas su color y vida anterior. Levantando las persianas, reciclando el material de los containers, girando los carteles de los locales comerciales... haciendo reaparecer a los viandantes, y usurpando de sus cabezas pamelas, bombines y gorras de paño.
El vendaval sigue su curso, recobrando normalidad el lugar en el que me encuentro. Recobrando el color. Recobrando la vida. Recobrando la naturalidad. Recobrando la luz del día. Desaparecen por sí solas las dos franjas de cinemascope.

Me aparto de en medio de la carretera y vuelvo a la acera. Camino dando saltos dirigiéndome a trabajar al gran coliseo, comprobando que la pareja de bailarines siguen ahí, con su tango. Sonrío.
Recordaré que para reconquistar el color no hay que rebobinar la película, sino enfrentarnos al vendaval... realizando un cambio de aires.
Tendré el móvil encendido por si el gato negro cambia de parecer y estima disculparse.
Ahora sí, necesito un café... y conjuntar mi ropa.
Y en mi sonrisa... un caracol.

1 comentario:
Buen post y buen blog...
Un beso chavalita;)
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