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Cuando se presentaron en casa de la pobre Benigna los fantasmas del pasado eran las cuatro y media de la madrugada. Era evidente, la pillaron durmiendo y de mal humor. Les abrió la puerta y les dijo: ¡Booooohhh! (con mueca de desagrado y la lengua medio fuera), dejadme ya tranquila y largaos de aquí.
Los fantasmas tuvieron que recurrir a lejías especiales, puesto que, tras la reacción de la mujer, las sábanas habían adquirido un color un tanto amarillento. Estaban entretenidos en frotar; ese era el tiempo que Benigna tenía de ventaja para que no la importunasen.
Benigna, verdaderamente se llamaba Celia (llegó un momento que ni ella misma lo recordaba). Aunque su verdadero nombre era mucho más bello, la gente pensaba que de buena era tonta... todos la llamaban igual.
Esos dichosos espíritus habían estado rondando a su alrededor a lo largo de su vida. Unas veces eran unos y otras veces eran otros, pero siempre mostraban las mismas características. Pretendían hacerle creer que eran seres corrientes, seres vivos... y muchas veces era ella quienes los buscó. Pero uno de ellos cayó de bruces delante de Benigna, y ella se percató de que se había perforado el fémur sin ni siquiera sangrar. Descubrió la quimera.
En cambio, contrariando todo pronóstico, eso hizo que a Benigna se le avivase más el corazón. Sintió correr en sus venas nitroglicerina en lugar de sangre. Se sintió menos buena.
Al ver que ella envejecía y los fantasmas de su lado perduraban iguales, pensó que debía marcar distancia con ellos. Ella era la única que avanzaba en el tiempo mientras que los demás permanecían estancados. Empezaba a sentirse vetusta.
Cuando encontró, paseando por la calle Petritxol, a su alma gemela, se detuvieron el uno ante el otro. Cruzaron miradas. Se aproximaron. Enlazaron sus manos. Fundieron sus cuerpos en un abrazo. Y en el momento en el que se disponían a adherir sus labios, el tiempo se detuvo para ambos.
Ninguno de los dos pensó jamás que ese sería el final de sus vidas... quedaron petrificados para siempre justo en plaça del Pi. Allí eran objeto de contemplación de muchos viandantes; allí echaron raíces como si de un árbol genealógico en 3D se tratase. Echaron raíces, sí, pero nunca pudieron llegar a pertenecer el uno al otro... todo por culpa de los fantasmas del pasado, todo por haber perdido el tiempo.
Los fantasmas tuvieron que recurrir a lejías especiales, puesto que, tras la reacción de la mujer, las sábanas habían adquirido un color un tanto amarillento. Estaban entretenidos en frotar; ese era el tiempo que Benigna tenía de ventaja para que no la importunasen.
Benigna, verdaderamente se llamaba Celia (llegó un momento que ni ella misma lo recordaba). Aunque su verdadero nombre era mucho más bello, la gente pensaba que de buena era tonta... todos la llamaban igual.
Esos dichosos espíritus habían estado rondando a su alrededor a lo largo de su vida. Unas veces eran unos y otras veces eran otros, pero siempre mostraban las mismas características. Pretendían hacerle creer que eran seres corrientes, seres vivos... y muchas veces era ella quienes los buscó. Pero uno de ellos cayó de bruces delante de Benigna, y ella se percató de que se había perforado el fémur sin ni siquiera sangrar. Descubrió la quimera.
En cambio, contrariando todo pronóstico, eso hizo que a Benigna se le avivase más el corazón. Sintió correr en sus venas nitroglicerina en lugar de sangre. Se sintió menos buena.
Al ver que ella envejecía y los fantasmas de su lado perduraban iguales, pensó que debía marcar distancia con ellos. Ella era la única que avanzaba en el tiempo mientras que los demás permanecían estancados. Empezaba a sentirse vetusta.
Cuando encontró, paseando por la calle Petritxol, a su alma gemela, se detuvieron el uno ante el otro. Cruzaron miradas. Se aproximaron. Enlazaron sus manos. Fundieron sus cuerpos en un abrazo. Y en el momento en el que se disponían a adherir sus labios, el tiempo se detuvo para ambos.
Ninguno de los dos pensó jamás que ese sería el final de sus vidas... quedaron petrificados para siempre justo en plaça del Pi. Allí eran objeto de contemplación de muchos viandantes; allí echaron raíces como si de un árbol genealógico en 3D se tratase. Echaron raíces, sí, pero nunca pudieron llegar a pertenecer el uno al otro... todo por culpa de los fantasmas del pasado, todo por haber perdido el tiempo.

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